lunes, 16 de enero de 2012

Señor

Muy buenas tardes, señor.
            Hoy le escribo pues se me han dado a conocer noticias con respecto a su lamentable estado de salud. Los doctores que se están encargando de usted me han contactado extremadamente preocupados por las complicaciones que se han presentado en su sistema inmunológico y mayoría de sus órganos vitales, a pesar de los innumerables tratamientos y medicinas –de los cuales también estoy detalladamente enterada– que se le han proporcionado en los últimos años. Espero que las razones por las cuales mi ausencia ha sido remarcada durante su enfermedad no deban ser expresadas, pues a mi parecer, son bastante claras considerando los hechos.
            También espero que comprenda mi lenguaje formal y mi forma de dirigirme hacia usted, pues desde hace muchos años, usted no es para mí sino un exlíder de la nación, y de tal forma, debo mantener una actitud apropiada entre mi persona y la suya.
            Como ya le he dicho, me he mantenido muy al tanto de todo lo referente a su salud durante estos años, ya que los tribunales me han permitido acceder a información importante -que podría ser considerada como confidencial- debido a nuestro lazo. Lamento conocer esta terrible situación a la que se enfrenta, pero es que pasar los últimos 27 años en prisión puede afectar la salud hasta del más fuerte y joven.
            Perdone infinitamente las lágrimas que caen sobre el papel y tal vez arruinen un poco la comprensión de lo que aquí le escribo, pero me ha sido imposible contener ciertos sentimientos que afloran al pensar en usted tendido en una cama, débil, solo y vulnerable como jamás lo fue en su vida. Ya veo que era cierto cuando decían que su único real adversario sería la muerte. Aunque también sería justo decir que el aparato judicial de nuestra nación logró vencerlo después de muchos años de intento.
Yo desde pequeña lo viví de muy cerca, tanto así, que pude oler sus colonias en la mañana, y pude llegar a admirarlo con muchísimo respeto, cabe destacar que el respeto que usted sembró en mí era de esos hermosos; sincero. Lo respeté incluso mientras jugábamos con mis muñecas cada cierto fin de semana que usted podía escapar de las labores. Yo, que en algún momento –creía– lo conocí de verdad, hoy sufro de gran manera estas noticias que me llegan desde el hospital.
            Desde el momento en que usted entró por primera vez a la sala de emergencias, y todas las veces posteriores que su salud estuvo en estado crítico, no he podido evitar recordar uno de los pocos viajes familiares que hicimos, mucho antes de que usted fuese electo. Recuerdo claramente como usted manejaba, mientras que mamá canturreaba alguna canción en la radio. Atrás,  yo contemplábamos un paisaje nuevo y alucinante a través de las ventanas. La brisa que azotaba mi piel era fresca y suave; me hacía sentir perfecta. Sacaba mi mano por la ventana, para asegurarme que todo era real. En algún momento, usted volteó y me miró con una dulzura incomparable. No pronunció palabra, ni hizo gesto alguno con las manos. Tan solo sus ojos fueron suficientes para decir que me amaba y que eso jamás cambiaría. Todo en aquel momento no me permitía tener mayores sueños ni aspiraciones; yo quería vivir por momentos como ese. Aquel simple recorrido en auto era mágico. Luego, cuando fue electo, fui bastante buena ignorando las caravanas que nos custodiaban. También solía imaginar que aquel vehículo lujoso que nos transportaba a lugares vacíos, era tan solo un auto cualquiera, en donde usted manejaba otra vez.
            Lamento no haberlo contactado antes, es que no había tenido la madurez para hacerlo. Sólo puedo hacerlo ahora, que tengo hijos que se han ido de casa, en parte por sus sueños, en parte por mis errores.  Supongo que eso es algo de familia. ¿Sabe? Eso de no comprender a los hijos y terminar por perderlos.  Pero en fin, es ahora que entiendo lo que se siente perder el amor de aquel que viste nacer.
            La última vez  que hablamos, usted y yo, fue la noche en que se lo llevó la policía. Recuerdo claramente como mamá me despertó la mañana siguiente para darme la noticia. Yo no lo creía, era imposible. ¿Cómo usted, señor, podía ser acusado de conspirar en el asesinato de más de mil personas? ¿De más de mil niños y niñas, hombres y mujeres, personas cuyo nombre y cara me resultaban familiares? ¿Cómo era tal atrocidad lógica? Si durante tanto tiempo usted me había explicado que la sangre de esas personas corría en las manos de rebeldes que inculparon a los honrados policías y militares de nuestro país durante esos días de llanto y tormenta. Todo era culpa de los irregulares e inestables, que día a día atacaban y amenazaban la paz de la nación. No era culpa suya, señor, usted que era un hombre sin secretos.
            Me es francamente difícil olvidar cuando recibimos una llamada, que luego descubrí provenía de prisión; mamá atendió, desesperada, y no fue sino hasta que su cuerpo, ahora destruido, se quedó sin lágrimas que me fue permitido hablar con usted. Su voz, la voz de aquel quien algún día fue el dueño de los brazos donde me sentía segura, seguía inquebrantable, firme, pero ahora había algo en ella que nunca jamás había estado presente, o tal vez yo era muy inocente como para notarlo. Era vergüenza. La misma vergüenza y culpa que ahora hacían que yo ya no lo idolatrara. Jamás olvidaré como me confesó a mí, a una niña de dieciséis años, como era cierto que usted había permitido que la muerte de esa gente inocente sucediera ante sus ojos y a manos de sus hombres, sus hombres quienes pasaron tanto tiempo en nuestra casa, hombres cuyos hijos jugaron conmigo. Mis ojos se volvieron fríos. Todas mis verdades eran falsas. En mi corazón, sufría –y continuo sufriendo– por no saber que era cierto y que no.
            Me destruyó saber que todos mis recuerdos de la infancia siempre tuvieron una tez gris y oscura que yo fui incapaz de notar. Señor, no sabe la vergüenza que sentí por cada momento que alcé su nombre con honor. Por cada segundo que llevé su apellido, señor, lloré. Sentí tanto deseo de arrebatarle de mi vida, que desde aquel momento negué cualquier relación. ¡Corrupto! ¡Rata! Pero cómo le extraño… Y de eso ni estoy tan segura, después de todo ¿quién es usted? ¿Alguna vez esa fachada fue cierta, o solamente parte de la propaganda para postergarse en el poder? No lo sé, y dudo mucho que algún día lo sepa.
            Mi madre ha logrado perdonarle; su corazón es muy grande y su fe todo lo puede. Ella consiguió mirar hacia adelante, y hasta sospecho que espera verlo salir de la cárcel para continuar un futuro juntos. Pobre mujer, ingenua por creer que usted vivirá mucho más tiempo, ilusa por pensar que sus pecados son perdonables.
            Quisiera entender hoy, antes de que el círculo biológico que rodea nuestra simple humanidad termine, porque, si alguna vez su amor fue sincero, jamás me contactó; ni una carta, una nota o un mensaje. No. He carecido de un padre, ni siquiera para maldecir su existencia como respuesta al recibir una postal de Navidad, y así tal vez no tener que esperar a que fuesen vuestras últimas semanas de vida para decirle lo que ha causado en mí. Indudablemente, conociéndolo a usted, sin importar el momento en que le fuese enviada esta carta, hubiesen sido nuestro último intercambio. Son sus detalles ausentes, señor, más que las mentiras, las que hoy me transportan a tachar de imaginarios los años donde le amé sin medida y era tan feliz que no lo sabía.
            A pesar de todo, le agradezco por infundir en mi –hipócritamente– valores y principios en los que jamás creyó, pero que en mi juventud fui incapaz de poner en duda. Gracias a esos primeros dieciséis años de convivencia junto a usted, señor, que hoy soy quien soy. Hoy, mi credo es la justicia, y hoy, sólo comulgo ante lo correcto, pero más aún, por sus años de corrupción, engaños, mentiras y abuso de poder, cuya factura le fue cobrada hace 27 años, es que hoy puedo decir, con toda convicción, que soy incapaz de ser como usted. Su ejemplo, señor, me enseñó quien no deseo ser; quien no puedo ser. Quien no seré. Hoy huyo de todos los rasgos que se asemejen a su persona. Rechazo cada suspiro parecido a usted.
            Vil padre, adorado asesino.
            Permítame disculparme, señor; mis dedos olvidan obedecerme algunas veces. Espero que los párrafos anteriores no le causen disturbios. No deseo ofenderle, ni tampoco causarle mayor sufrimiento. Espero que comprenda que a veces es confusa la perspectiva sobre la cual debo dirigirme hacia usted, pues así como una nace siendo hija, también muere de la misma forma. Igualmente, me encuentro en mis capacidades totales y por ende se me es imposible poder olvidar los hechos que hoy nos conllevan a tener más de dos décadas de incomunicación y distancia.
            Le agradezco por mostrar sus colores verdaderos cuando más necesité consuelo, pues mientras usted lidiaba con la culpa y la condena que merecía, yo lidiaba con una familia incompleta, una vida destruida y una esperanza –que hace bastante murió– de algún día toparme con algún noticiero que anunciara el injusto arresto del ex Presidente.
            Me despido dejándole saber que hoy soy feliz, y aunque tengo raspones y heridas en mi cuerpo, aprendí a vivir con ellas, pues son todas superficiales; yo cicatrizaré. Usted, señor, está enfermo desde adentro, desde lo más profundo de sus entrañas, en el epicentro de su alma, y déjeme decirle algo, eso no tiene cura.
            Espero que su final sea rápido, pero que el dolor de su cuerpo, por una vez, opaque el que hoy le causa el abandono que su familia le ha retribuido. Le amo, señor, y eso jamás lo olvide. Si le resulta de consuelo, puede llevarse ese pensamiento como el último. Espero que entienda que no estaré allí en el momento en que todo acabe; me da miedo perdonarlo como un impulso.
            Señor, deme fuerzas, se lo pido. Hoy todo me recuerda a usted, y eso perfora mi sonrisa, de igual forma que me recuerda a la brisa de los veranos que inocentemente vi pasar como cosa mundana recostada en su regazo. Me confundo, pues no sé si brindar por su partida o llorar sus alientos. No sé a cual sentimiento apostar. Hoy rezo para que Dios haga le haga su juicio final, y quite tal peso de mis hombros. Tal vez nos veremos en el purgatorio, pues he encomendado mi vida a que nuestro destino final quede en direcciones opuestas. No le mentiré diciéndole que lo extrañaré, pues esa tarea la he abordado desde hace mucho. El amor es incondicional, señor, siempre y cuando usted sepa serlo.