martes, 8 de noviembre de 2011

En la nada

Siempre quise ser taxónoma, y tener en mis manos el poder de vuestras bocas. Siempre quise poder decidir sobre el nombre de lo tuyo y lo mío, lo nuestro y lo impropio. Quise ser dueña de las palabras que rodean un vocablo lleno de sentimientos que se vuelven incoherentes. ¿Qué nombre tiene ese sentimiento de envidia y pasión? No lo tiene, no lo hay. Porque nuestras lenguas –no las pasionales, sino las verbales– se basan en ideas que nuestra mente frágil decide expresar. Qué excelente sería tomar todas las palabras que alguna vez fueron pronunciadas, -desde habéis hasta sandunguear-, tomar esa fabulosa lírica de muchas existencias, la sabiduría de las mentes brillantes, las conjugaciones y las normas de personajes eternos, tomar todo ese legado lingüístico y.....
Destruirlo.

Tomar cada palabra, cada sonido, cada sílaba y movimiento oral y convertirlo en nada. Quitarle su significado y que cada una de ellas dijera lo mismo; infinito.
Cuando hagamos eso, ¿qué nos queda?
La grandeza de palabras como rimbombante, zarzamora, eclipse, virrey, cápsula, triturado, alquimia, sinvergüenza, elegancia, risueño y pipa.
La grandeza de un vocabulario raspao', donde decir “suplicantes básculas rodeadas de directrices trinaban las disimilitudes” tenga sentido, donde sea algo más que una poesía con ínfulas de grandes, creyéndose dueña del léxico de los grandes.

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