¿Qué dirías si te cuento que todo lo que fuimos, en aquel verano fugaz, todo lo que sentimos, todo lo que soñamos, todo lo que creímos cierto e innegable, no era más que la ilusión de un par de niños que querían vivir la vida de dos ciervos libres, irreverentes, imparables, indomables? ¿Olvidarías todos esas ilusiones y vivencias, historias y recuerdos, llantos y agonías, cantos, danzas, todas las injusticias y los vientos de pasiones que nunca llegaron pero que los sentimos en lo más vivo de nuestra sangre y nuestro cuerpo? ¿O harías como yo, que me ignoro y me olvido de mí misma, que decidí convertirme en invisible y tacharme de incoherente, de loca, porque no existe forma en el mundo, ni en este ni en ninguno, que esa forma de vivir tan dulce que fuimos capaces de crear juntos y que lleva tintes de primavera, con destellos de una confusa oscuridad juvenil que en lo más secreto nos llena de intriga y misterio y nos hace amarnos más, es falsa, de mentira, una fachada estúpida de nuestra realidad aburrida de ser el típico viajero del tiempo, que pasa y pasa, pero nunca llegará a su destino? ¿Dudarías de mí para confiar en nosotros?
¿Me siguirías viendo con esos ojos de cristal?

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