Precipitado entró por la puerta del Hotel con nombre de testigo de aventuras, con una puerta que llamaba a lo secreto. En la recepción le entregaron la llave de su cuarto sin hacer pregunta alguna, después de todo, era el huésped más usual. Ya llevaba bastante tiempo viviendo allí, bajo un contrato que a partir de ese día terminaria para comenzar algo más siniestro. Fumó un cigarrillo a pesar de las prohibiciones y las advertencias de los trabajadores del lugar. Sus pies eran una marea imparable, excitados, incitados, agitados. No podía llegar al cuarto, pero tenía muy claro que era su destino y los dados no podían moverse. El momento fantástico relata que la puerta se abrió sola, aunque no fue así. La llave entró como la más perfecta composición, tanto así, que hasta parecía cómplice del relato de un hombre que se cegó entre lo real y lo ficticio. Mauro lo veía, allí echado, atónito por no estarlo, abrumado por no estarlo, iracundo por la tranquilidad de su alma. Estaba allí, con desplomarse podría tocarlo, podría sentir su frío, podría robarle la calidez que ya no tenía. ¿Cuándo había perdido su calidad de humano? ¿De buen samaritano?
Con una turbia calma se acercó al buró de la esquina, y contempló lo marchitas de esas flores de aquel lugar que era su hogar. Pero ya era muy tarde, otra vez su cuerpo se convertía en bestia y su sombra le gritaba que tomara sus impulsos y volara. Pero no. Esta vez recordaría lo que era el invierno, las risas, el sonido del brindis de los amantes, el viento al viajar por carretera. No se dejaría ser él mismo otra vez, no más. Debía recordarle a los suspiros que su verdad era un
a mentira, que su realidad era falsa, que sus ánsias no eran sinceras. Este no era un programa de televisión donde el corte lo mandaría a casa a descansar, a respirar, a regresar en sí, ni donde un momento a otro la hermosa actriz de carne y hueso sería cambiada por una muñeca falsa, plástica, de mentira, cuyo corazón no latía, cuyos gritos no reflejaban pavor, que no era capaz de pedir piedad. No. Esto era cierto y tangible, era eterno. Lo efímero de las cámaras estaba ausente, y ya no debía controlarse por estar rodeado de personas. La sangre era tan real como su hambre. El olor lo hacía sentirse vivo. ¡Qué delicia observarla! Lo delicado era infinitamente suyo. A medida que estos pensamientos cursaban su cabeza, volvía a sentirse atrapado, arrinconado, asesino de su súper-yo. Ya no quedaba más que hacer que resignarse a lo innegable de su universo; él estaba vivo, pero él no era él.
a mentira, que su realidad era falsa, que sus ánsias no eran sinceras. Este no era un programa de televisión donde el corte lo mandaría a casa a descansar, a respirar, a regresar en sí, ni donde un momento a otro la hermosa actriz de carne y hueso sería cambiada por una muñeca falsa, plástica, de mentira, cuyo corazón no latía, cuyos gritos no reflejaban pavor, que no era capaz de pedir piedad. No. Esto era cierto y tangible, era eterno. Lo efímero de las cámaras estaba ausente, y ya no debía controlarse por estar rodeado de personas. La sangre era tan real como su hambre. El olor lo hacía sentirse vivo. ¡Qué delicia observarla! Lo delicado era infinitamente suyo. A medida que estos pensamientos cursaban su cabeza, volvía a sentirse atrapado, arrinconado, asesino de su súper-yo. Ya no quedaba más que hacer que resignarse a lo innegable de su universo; él estaba vivo, pero él no era él. Comprendió lo complejo, descifró los misterios, entendió el significado de la nada y del todo. Cayó en el más oscuro abismo donde se enfrentó a la luz de la claridad. Y así fue como comprendió que sus pecados eran un derecho divino, y que si alguien podía tacharlo de loco, él podía ser perfecto. Todo tuvo sentido, sus palabras, sus acciones, sus deseos, su misión. Todo era culpa de aquel maldito papel de televisión que lo envolvíó en lo fabuloso de trasformarse al son de una sola palabra, acción.
Ya nada era diferente, el guión no era un pedazo de papel, era la Biblia, el Korán, el más sagrado libro.
Por tratar de ganarse la vida, tomó todas las que quiso.
Incluso la suya.
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