Era una tarde, tranquila, serena. No recuerdo bien que día, sólo recuerdo que mis padres estaban de viaje -en Caracas- acompañando a mi abuela que no se sentía muy bien, dejándome así a la tutela de una niñera cuyo nombre no recuerdo. Me encantaba cuando mis padres no estaban; me sentía independiente, libre, dueña de mi destino y mis acciones, capaz de no comer cuando me servían lentejas o chuletas, con suficiente autoridad como para no bañarme, o tal vez dejar mi ropa en el suelo. Recuerdo claramente el sentimiento de libertad de aquellas ocasiones, esa en específico no fue una excepción.
De repente suena el teléfono, y como de costumbre, dejo bien claro que no planeaba contestarlo. La llamada era para mí. Rayos. Era mamá. ¡Qué fastidio! Estaba viendo televisión, o seguramente hacía algo -que en ese momento parecía- más importante que atenderla a ella. Como mujer madura de seis años, decidí que lo correcto que hablar con mi mamá, aunque no quisiera. Debía hacer el sacrificio.
"Aló mami", fueron mis palabras. No hizo ninguna de las preguntas de costumbre, ni me regañó al no pedirle la bendición. No. Nada de eso, tan solo se limitó a saludarme con una voz un tanto melancólica, la cual me extrañó un tanto. Después de pocos segundos de conversación, recuerdo claramente cuando me dijo "Andre, voy a pasarle el teléfono a tu abuelita. No va a poder contestarte, porque el doctor le dijo que no hablara. Dile cosas muy bonitas, ¿sí? Creo que le haría muy bien escuchar cosas buenas y bonitas de su nieta."
No me pareció nada extraño, así que conversé con ella. Le conté cosas del Colegio, varias veces le pregunté cosas, y me sentía un tanto mal al recordar que ella no podía contestarme. Debía sentirse incapacitada, pobre. Continué charlando con ella, diciéndole vanalidades de niña. Nada profundo. De repente, la voz de mi madre se volvía a escuchar al otro lado. "¿Ya?", me preguntó, queriendo saber si había terminado de hablar con mi abuela. Yo le dije que sí, puesto que no me parecía muy divertido hablar sola, sin respuestas del otro lado. Luego mi mamá me dijo "Despídete de ella, que ya se va a dormir."
"Duerme rico, Abu. Te quiero muchísimo. Sueña con los angelitos."
Mi mamá no volvió a coger el teléfono. Simplemente trancó.
Esa noche mi abuela hizo mucho más que soñar con los angelitos. Decidió volar con ellos.
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